Carl Philipp Emanuel Bach

De nuevo Mariam, nos brinda con un trabajo del hijo de J.S. Bach, que se considera el iniciador de la etapa clásica y que en su día llegó a eclipsar a su padre. Gracias por tu esfuerzo y trabajo, Mariam

   musician cannot move others unless he too is moved. He must of  necessity feel all of the affects that he hopes to arouse in his  audience, for the revealing of his own humour will stimulate a like  humour in the listener.   

Carl Philipp Emanuel Bach  fue un músico y compositor alemán. Es a  menudo referido como CPE Bach.
 Está considerado uno de los fundadores del estilo clásico y uno de  los compositores más importantes del periodo galante, aparte de ser  el último gran maestro del clave hasta el siglo XX.
 Carl Philipp Emanuel fue el segundo de los siete hijos de Johann  Sebastian Bach y Maria Barbara Bach, y el cuarto de los veinte que tuvo en total. Georg Philipp Telemann fue su padrino.
A los 10 años entró en la escuela de Santo Tomás de Leipzig, de la que su padre era Cantor desde 1723. Estudió Derecho en las universidades de Leipzig en 1731 y, a partir de 1734 en laUniversidad Viadrina de Fráncfort del Oder. Se licenció en 1738, a los 24 años, pero no desarrolló ninguna carrera jurídica, dedicándose, en cambio, plenamente a la música. Ya había empezado a componer en 1731.
Ese mismo año de 1738 fue nombrado clavecinista en la corte del príncipe heredero Federico de Prusia (“Federico el Grande”). Al ascender al trono en 1740, C.P.E. se convirtió en miembro de su corte.
Era por entonces uno de los clavecinistas más importantes de Europa. Su reputación quedó definitivamente establecida por dos series de sonatas, dedicadas respectivamente a Federico el Grande y al gran duque de Wurtemberg  
En 1744, C.P.E. se casó con Johanna Maria Dannemann, que le dio tres hijos, una de ellos llamada Anna Carolina Philippina Bach, todos sin descendencia. En 1746 fue nombrado músico de cámara, y durante veintidós años compartió el favor real con músicos como Carl Heinrich GraunJohann Joachim Quantz y Johann Gottlieb Naumann. En este tiempo que residió en Berlín, compuso principalmente obras para teclado y para flauta, instrumento favorito de Federico II y del que el rey era un intérprete bastante correcto.
Después de la muerte de su padre en 1750, C.P.E. pretendió el cargo de Cantor de Santo Tomás, pero no se le concedió el puesto, probablemente porque el Concejo había quedado cansado de los Bach. C.P.E. asumió como heredero una parte de los bienes familiares, especialmente gran cantidad de partituras y cantatas. Acogió en su casa a su medio hermanoJohann Christian, del que fue profesor entre 1750 y 1755. Se alejó de la corte, donde se encontraba poco considerado y se fue a residir a Zittau y después a Leipzig.
En 1753 publicó su Versuch über die wahre Art das Clavier zu spielen (Ensayo sobre el verdadero arte de tocar los instrumentos de tecla), un tratado sistemático y magistral que tuvo enorme éxito. Para el año 1780 había alcanzado su tercera edición. Es la base para los métodos de Muzio Clementi y Johann Baptist Cramer. Sigue siendo todavía válido.
En 1768 C.P.E. Bach, tras la muerte de Georg Philipp Telemann, le sucede en el cargo de director musical (Kapellmeister) en Hamburgo. Esto hizo que se le conociese como el ‘Bach de Hamburgo’, para diferenciarlo de su hermano Johann Christian, conocido como el ‘Bach de Londres’. En este nuevo cargo, tuvo que prestar mayor atención a la música sacra. Al mismo tiempo, la carrera de Joseph Haydn estimuló su propia composición instrumental.
Murió en Hamburgo el 14 de diciembre de 1788. En 1805, su viuda quiso sacar a la venta parte del material que Carl Philipp Emanuel había heredado de su padre. El catálogo de su legado musical apareció impreso en 1790.

 

Aquí un video de ejemplo de una de sus obras:

 

Poema sobre Mozart

 

 

Esta es la historia de un genio

que en el pasado milenio

hacía brillar el sol

con su do re mi fa sol.

 

Fue Mozart un bebé tierno

que llegó al mundo en invierno

y cuenta quien allí estaba

que en vez de llorar, cantaba.

 

Mientras los niños de al lado

jugaban a ser soldados

con espadas diminutas,

él movía la batuta.

 

Con seis años, el pispajo,

iba ya de arriba abajo

tocando, ¡vaya trajín!,

el piano y el violín.

 

El éxito era rotundo:

¡le aplaudía todo el mundo!

y dejaba boquiabierto

al que oía su concierto.

 

Era Amadeus menudo,

muy gracioso y narigudo,

aprendía muy deprisa

¡y todo le daba risa!

 

Nannerl llamaba bufón

al niño alegre y burlón:

“Este hermanito me asombra:

¡se ríe hasta de su sombra!”

 

Como el niño concertista

era guasón y bromista,

tocaba con la nariz:

¡tocando era tan feliz…!

 

Además de muy simpático,

era un genial matemático,

un infante muy brillante

con memoria de elefante.

 

Cumplidos los ocho años,

aunque nos parezca extraño,

Mozart compuso un buen día

su primera sinfonía.

 

Dentro de su cocorota

bailaban cientos de notas

y formaban todas ellas

las melodías más bellas.

 

Ya daba la serenata

con sus óperas, sonatas,

sinfonías y cuartetos:

¡era un artista completo!

 

Después de muchas andanzas

se enamoró de Constanza.

Juntos pasaron la vida,

pobre, pero divertida.

 

Amadeus con maestría

componía noche y día,

una música excelente

que fascinaba a la gente.

 

Su existencia musical

tuvo un oscuro final,

pues murió de modo extraño

con solo treinta y seis años..

 

Aunque Mozart, a su modo,

no se fue nunca del todo:

está aquí y todo lo llena

cuando su música suena.

 

Su música, ¡qué delicia!,

mima, envuelve y acaricia,

se cuela directa al centro

y hace cosquillas por dentro.

                          Carmen Gil

Mi amigo Wolfi

 

Os pongo un cuento de Mozart que me envió Maica.

        Hola. Me llamo Willy y soy un duende. Al deciros que soy un duende sé que, influenciados por los medios de comunicación, me imaginareis rojizo, enano y con una boca como un buzón de correos, si bien soy de estatura media,  delgado y llevo gafas a raíz de un problema de miopía que me sobrevino en el año 1921, ó 31…., en fin, no hace mucho. Salvo por mi color verdiblanco, por el que tienden a confundirme con un hincha de no sé qué equipo de fútbol,  podría pasar por un humano.

 

            Si os digo que soy un duende hablo con propiedad, puesto que no soy fruto de la chispa momentánea de ningún creativo de publicidad millonario o de la pluma de un novelista, sino que pertenezco a lo que se denomina realidad fantasiosa, que es un estado que existe en la mente de los grandes artistas, que se inspiran en ella para crear sus majestuosas obras. Cuando decimos que un artista tiene duende no nos imaginamos que el sentido metafórico de la expresión coincide con esa realidad fantasiosa, puesto que tener duende no es una frase hecha sino un hecho cierto, y os lo digo yo que he sido duende personal de muchos de los grandísimos genios de todos los tiempos. Precisamente hoy os voy a hablar del más grande entre los grandes, mi amigo Wolfi, conocido mundialmente como Wolfgang Amadeus Mozart.

         Recuerdo perfectamente su nacimiento en la ciudad de Salzburgo, un 27 de enero de 1756, y sobre todo recuerdo, sus sollozos, que, sorprendentemente resultaban acompasados y afinados, puros,  claros, y sus sonrisas, rítmicas, melodiosas. En aquel momento ya sabía que Wolfi iba a pasar a la historia como un gran músico, lo cual causaba carcajadas y burlas entre mis colegas que no alcanzaban a comprender como podía estar tan seguro de que aquel bebé iba a ser músico. Desde aquel instante acompañé a Wolfi en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad etc etc… y fui testigo presencial y ayudante del gran maestro.

          Aunque se dice que su primera obra la compuso con tan solo cinco años de edad, yo puedo dar fe que con dos años aquella personita tenía ya composiciones propias que repetía constantemente, o mejor dicho, que interpretaba  magistralmente con balbuceos. Era capaz de reproducir en el Clavecín de su padre, el Sr. Leopold, los sonidos más extraños y dispares que se me ocurrían, ejercicio que solíamos practicar con frecuencia y que le servía para educar su ya asombroso y finísimo oído.

           Con tan solo ocho años compuso su sinfonía nº1 en mi bemol. Para que os deis una idea, componer una sinfonía es como diseñar y construir  el más complejo de los edificios.

         Sus planos musicales ya por aquel entonces acariciaban la perfección. Pensaba en música, soñaba en música y vivía rodeado de un paraíso de notas, claves y compases que manejaba como nadie.

         Se cuenta de Wolfi que no tuvo infancia lo cual es falso como una moneda de chocolate. La infancia se vive jugando, y Wolfi jugaba con la música como un niño normal con un puzzle  o un trozo de plastilina, moldeando las más bellas melodías que nadie había escuchado y combinando las piezas para crear millones de perfectos sonidos. Si bien es cierto que el público aristocrático disfrutaba en las principales ciudades europeas del talento de mi joven compañero, más cierto era, y la gente lo desconocía, que el que más disfrutaba era él. Aunque era muy raro, casi imposible, que se equivocase en la interpretación de una obra, cuando lo hacía, solía sonreírme, y su pequeño fallo se convertía en inspiración para crear una nueva obra. A veces incluso lo hacía a propósito para evaluar y analizar la preparación de su distinguida audiencia.

         El instrumento favorito de Wolfi era el piano para el que compuso sus famosos 25 conciertos, y un montón  de sonatas y variaciones. Además, puesto que su cerebro era como una gran orquesta, imaginaba y creaba  piezas para todos los instrumentos, tales como el violín, la trompa, el fagot o el arpa. Pero, si de una obra estoy satisfecho es de su concierto para clarinete, dedicado, modestia aparte, al duende que os habla, aún a sabiendas de que, dada mi ineptitud, tardaría por lo menos 175 años en ejecutarlo (como así fue). A pesar de ser yo por aquel entonces un principiante del clarinete, y de que únicamente era capaz de tocar los fragmentos más sencillos de una forma que, siendo muy benévolo podríamos calificar como horrenda, solía alegrarse mucho al escucharme, por el amor y dedicación que yo ponía en la tarea y además porque decía que, por la expresión de mi rostro,  la melodía sonaba correctamente en mi interior, y que lo hiciese en igual modo en el exterior solo era cuestión de tiempo (como ya os he dicho 175 años).

           Sin duda alguna, la culminación de mi amigo y su reconocimiento absoluto se produjo a través de sus grandes óperas, tales como “La flauta mágica”, “Don Giovanni” o “Las Bodas de Fígaro”. Wolfi utilizó la ópera, que no es otra cosa que la combinación de teatro y música, para que las personas que no veían en una composición musical más que notas, identificaran la misma con una historia y se emocionaran a través de la misma (ya que no eran capaces de hacerlo únicamente a través de la música lo cual, aún hoy, con mis cientos de años, me sigue pareciendo increíble).

          Los historiadores cuentan que Mozart dejó  el mundo el 5 de diciembre de 1791, en una situación de absoluta pobreza y soledad. Yo os puedo asegurar que no sólo no se fue acompañado por sus amigos, que eran muchos y buenos, (entre ellos yo), sino que lo hizo inmensamente rico, pues era acreedor del tesoro más preciado que tan solo unos pocos logran conseguir: La inmortalidad de su obra.  

Fin