Carta más o menos veraz de una madre argentina

Mi hijo es hippie.
Me da miedo pensarlo. Mi hijo usa el pelo muy largo y una barba tan imponente que más de una vez sentí el secreto deseo de pedirle permiso para sentarme a la mesa.
Porque mi hijo no es estudiante de Derecho, como lo fueron su padre y su abuelo.
Mi hijo no es un empleado con futuro como hay tantos de su edad por ahí. Mi hijo pinta, canta y dice cosas que no termino de entender.
Mi hijo es hippie.
Mientras yo escribo esta carta, él estará seguramente con una flor entre las manos hablando de la paz con alguien como él, lo cual no me parece mal del todo porque la paz es la paz, y no hay vuelta que darle, pero nunca creí que para hablar de ella sea necesario todo un rito. Por ejemplo recuerdo que vino hace cosa de una semana y mientras se sacaba las botas que se niega a limpiar desde hace mucho, me dijo: “Mi amigo y yo estamos en la montaña. Yo iré a ayudar a mi amigo y él dejará que lo ayude. Luego nos iremos los dos en una balsa adonde nadie llegue, los dos solos para honrar nuestro amistad y nuestro mundo”. Yo interpreté algo mal la cosa con toda seguridad, porque le tiré una pantufla diciéndole que nunca pensé tener un hijo así y asá, y que yo siempre soñé con un hombrecito total y no con un… bueno, esas cosas que se dicen cuando se está nervioso.
Eso pasó, y al tiempo lo escuché cantar algo que decía que tenía que conseguir mucha madera, que tenía que conseguirla de donde sea y yo qué sé qué otras cosas más. Me puse muy contenta porque imaginé que de una buena vez por todas se había decidido a trabajar y que los hippies no eran tan vagos, después de todo, ya que querían ser carpinteros, lo cual no es demasiado, pero bueno. Cuando me acerqué sonriente con un manojito de maderas de cajón de manzana que había en la cocina lo encontré sentado en el suelo de su habitación como Buda y cantaba que la madera la quería para una balsa con la que se iba a ir a navegar. Me parece que hice un gesto bastante estúpido cuando un poco dudando y sin decirle palabra le alargué el manojito de maderas. El me miró como perdonándome por algo y siguió cantando: “Estoy muy triste y solo acá en este mundo abandonado…”. Y yo, muy dulcemente también, le di un maderazo en la cabeza”.
Víctor Sueiro.

(Revista Atlántida, junio de 1968).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s