Mi amigo Wolfi

 

Os pongo un cuento de Mozart que me envió Maica.

        Hola. Me llamo Willy y soy un duende. Al deciros que soy un duende sé que, influenciados por los medios de comunicación, me imaginareis rojizo, enano y con una boca como un buzón de correos, si bien soy de estatura media,  delgado y llevo gafas a raíz de un problema de miopía que me sobrevino en el año 1921, ó 31…., en fin, no hace mucho. Salvo por mi color verdiblanco, por el que tienden a confundirme con un hincha de no sé qué equipo de fútbol,  podría pasar por un humano.

 

            Si os digo que soy un duende hablo con propiedad, puesto que no soy fruto de la chispa momentánea de ningún creativo de publicidad millonario o de la pluma de un novelista, sino que pertenezco a lo que se denomina realidad fantasiosa, que es un estado que existe en la mente de los grandes artistas, que se inspiran en ella para crear sus majestuosas obras. Cuando decimos que un artista tiene duende no nos imaginamos que el sentido metafórico de la expresión coincide con esa realidad fantasiosa, puesto que tener duende no es una frase hecha sino un hecho cierto, y os lo digo yo que he sido duende personal de muchos de los grandísimos genios de todos los tiempos. Precisamente hoy os voy a hablar del más grande entre los grandes, mi amigo Wolfi, conocido mundialmente como Wolfgang Amadeus Mozart.

         Recuerdo perfectamente su nacimiento en la ciudad de Salzburgo, un 27 de enero de 1756, y sobre todo recuerdo, sus sollozos, que, sorprendentemente resultaban acompasados y afinados, puros,  claros, y sus sonrisas, rítmicas, melodiosas. En aquel momento ya sabía que Wolfi iba a pasar a la historia como un gran músico, lo cual causaba carcajadas y burlas entre mis colegas que no alcanzaban a comprender como podía estar tan seguro de que aquel bebé iba a ser músico. Desde aquel instante acompañé a Wolfi en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad etc etc… y fui testigo presencial y ayudante del gran maestro.

          Aunque se dice que su primera obra la compuso con tan solo cinco años de edad, yo puedo dar fe que con dos años aquella personita tenía ya composiciones propias que repetía constantemente, o mejor dicho, que interpretaba  magistralmente con balbuceos. Era capaz de reproducir en el Clavecín de su padre, el Sr. Leopold, los sonidos más extraños y dispares que se me ocurrían, ejercicio que solíamos practicar con frecuencia y que le servía para educar su ya asombroso y finísimo oído.

           Con tan solo ocho años compuso su sinfonía nº1 en mi bemol. Para que os deis una idea, componer una sinfonía es como diseñar y construir  el más complejo de los edificios.

         Sus planos musicales ya por aquel entonces acariciaban la perfección. Pensaba en música, soñaba en música y vivía rodeado de un paraíso de notas, claves y compases que manejaba como nadie.

         Se cuenta de Wolfi que no tuvo infancia lo cual es falso como una moneda de chocolate. La infancia se vive jugando, y Wolfi jugaba con la música como un niño normal con un puzzle  o un trozo de plastilina, moldeando las más bellas melodías que nadie había escuchado y combinando las piezas para crear millones de perfectos sonidos. Si bien es cierto que el público aristocrático disfrutaba en las principales ciudades europeas del talento de mi joven compañero, más cierto era, y la gente lo desconocía, que el que más disfrutaba era él. Aunque era muy raro, casi imposible, que se equivocase en la interpretación de una obra, cuando lo hacía, solía sonreírme, y su pequeño fallo se convertía en inspiración para crear una nueva obra. A veces incluso lo hacía a propósito para evaluar y analizar la preparación de su distinguida audiencia.

         El instrumento favorito de Wolfi era el piano para el que compuso sus famosos 25 conciertos, y un montón  de sonatas y variaciones. Además, puesto que su cerebro era como una gran orquesta, imaginaba y creaba  piezas para todos los instrumentos, tales como el violín, la trompa, el fagot o el arpa. Pero, si de una obra estoy satisfecho es de su concierto para clarinete, dedicado, modestia aparte, al duende que os habla, aún a sabiendas de que, dada mi ineptitud, tardaría por lo menos 175 años en ejecutarlo (como así fue). A pesar de ser yo por aquel entonces un principiante del clarinete, y de que únicamente era capaz de tocar los fragmentos más sencillos de una forma que, siendo muy benévolo podríamos calificar como horrenda, solía alegrarse mucho al escucharme, por el amor y dedicación que yo ponía en la tarea y además porque decía que, por la expresión de mi rostro,  la melodía sonaba correctamente en mi interior, y que lo hiciese en igual modo en el exterior solo era cuestión de tiempo (como ya os he dicho 175 años).

           Sin duda alguna, la culminación de mi amigo y su reconocimiento absoluto se produjo a través de sus grandes óperas, tales como “La flauta mágica”, “Don Giovanni” o “Las Bodas de Fígaro”. Wolfi utilizó la ópera, que no es otra cosa que la combinación de teatro y música, para que las personas que no veían en una composición musical más que notas, identificaran la misma con una historia y se emocionaran a través de la misma (ya que no eran capaces de hacerlo únicamente a través de la música lo cual, aún hoy, con mis cientos de años, me sigue pareciendo increíble).

          Los historiadores cuentan que Mozart dejó  el mundo el 5 de diciembre de 1791, en una situación de absoluta pobreza y soledad. Yo os puedo asegurar que no sólo no se fue acompañado por sus amigos, que eran muchos y buenos, (entre ellos yo), sino que lo hizo inmensamente rico, pues era acreedor del tesoro más preciado que tan solo unos pocos logran conseguir: La inmortalidad de su obra.  

Fin

 

 

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